Y mientras decenas de personas lloran en un primer piso en Junin y Padilla, por la ventana se ven otros felices, caminando como si nada hubiera pasado, vivos, mientras la muerte reina en aquel cuarto con señoras llorando aferradas a sus rosarios e hijos que abrazan un cajón, que no quieren que el último recuerdo se les escape. Un hermano abraza a los dos más chicos, una mujer canta y un primo la abraza. Una chica se apoya en la pared, y en silencio llora, abatida. Todos en silencio, menos aquella mujer que guía la oración y responden los que quieren, los que encuentran la esperanza en frases armadas y repiten como un ejército de soldados.

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